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3/9/2010
 
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(Jul. 04) Las letras en la época de Isabel la Católica
CÉSAR LÓPEZ LLERA. Escritor y profesor de Secundaria
Lucio Marineo Sículo en De rebus memoralibus Hispaniae señala que la reina Isabel “proveyó de preceptores y maestros a todos los de su palacio, así doncellas como pajes, porque todos aprendiesen”. Fue tan amiga de las buenas Letras como su padre Juan II, en cuya Corte ya florecieron los ingenios de algunas mujeres como Catalina Manrique, Marina Manuel o la Vayona. De hecho, la Reina Católica se rodeó de mujeres instruidas como Juana de Contreras, la Condesa de Monteagudo, doña María de Pacheco, Isabel de Vergara, Magdalena de Bobadilla, Lucía Madrano... con las que disfrutaba de las Artes y de conversaciones provechosas. Ella misma, según Hernando del Pulgar, era “mujer muy aguda y discreta (...) hablaba muy bien y era de tan excelente ingenio que, en común de tantos y tan arduos negocios como tenía en la gobernación de sus reinos, se dio al trabajo de aprender letras latinas y alcanzó en tiempo de un año saber en ellas tanto que entendía cualquier escritura o habla latina”. En tal aprendizaje la guió Beatriz Galindo, conocida como La Latina, maestra también de sus hijas, redactora de cartas en la lengua de Cicerón, posiblemente autora de poemas y de unos comentarios de Aristóteles, así como botón de muestra de la formación e instrucción de muchas mujeres del momento, que no estaban por la labor de limitar su tiempo a la rueca, el rosario y la ociosidad bostezante del estrado. Recordemos junto a ella a la poetisa Florencia Pinar, incluida en el Cancionero general de Hernando del Castillo (1511) y participante en las justas poéticas que se celebraron en Valladolid con motivo de la coronación de la Reina, a Teresa de Cartagena, autora de Arboleda de los enfermos y de Admiración de las obras de Dios o a la aragonesa Isabel de Villena, defensora del derecho de la mujer a hablar en público y a predicar. Entre las lecturas predilectas de Isabel I, que no falta en su biblioteca de cuatrocientos ejemplares, se encontraba Cristina de Pisa, una de las primeras “feministas” y autora de un clásico de la querella femenina medieval: De las tres virtudes para ensañamiento de las mujeres, así como de un célebre poema a Juana de Arco, referente continuo de Isabel.

Por su parte, el viajero Münzer describe cómo Pedro Mártir de Anglería educaba a los jóvenes cortesanos enseñándoles a recitar clásicos latinos como Juvenal u Horacio y alaba tan buen hacer cultural: “Se despiertan las humanidades en toda España. Son muy esclarecidos estos adolescentes. Pasan sus horas en el estudio y otros servicios del Rey y en la caza, para no perder ni un hora en la ociosidad”.

Doncellas, donceles, caballeros, damas, clérigos..., todos cuantos se mueven en la Corte de Isabel y Fernando se embeben de un aristocratismo cultural que fomenta el interés por las Artes y las Letras, el amor al estudio, el culto a la belleza, una nueva espiritualidad, así como la búsqueda del refinamiento y la perfección. Todo ello germina en una Literatura cortesana alimentada por los propios monarcas para dar satisfacción a un ocio provechoso, propagar sus ideales y enaltecer sus figuras y su Reino.

Dentro de la poesía, de hecho, se habla de poesía cortesana, en la que abundan los temas amorosos, políticos, satíricos y religiosos, tratados con estilos que van desde el regusto medieval, pasando por refinamientos de estirpe stilnovista, alegórico–dantescos o llegando a intentos equilibrados de aunar las novedades del espíritu humanista con el gracejo tradicional. Fe de tal riqueza dan los famosos Cancioneros, recopilaciones que nos permiten conocer todas las tendencias; destacan de la época de los Reyes Católicos: el Cancionero Musical de Palacio y el Cancionero general de Hernando del Castillo. Gran atención merecen los romances, que se convierten en piezas admiradas por todas las clases sociales, que disfrutan de su interpretaciones tanto en palacios como en plazas, calles y tabernas.

Pervive la admiración hacia los grandes referentes del siglo, ya desaparecidos, Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana y Juan de Mena; siguen escribiendo poetas del reinado de Enrique IV como: Gómez Manrique, Jorge Manrique, Antón de Montoro, Álvarez Gato, Lope de Stúñiga..., al tiempo que se revelan nuevos escritores como el comendador Escrivá, autor del célebre: (“Ven muerte tan escondida”) que recordara don Quijote, fray Íñigo de Mendoza, al que la maldad popular critica por su exceso de galantería con las damas, fray Ambrosio Montesino, de cuyo donaire y gracejo tanto aprenderán Lope de Vega o Quevedo, también admiradores del loco de amor y tocador de vihuela Garci Sánchez de Badajoz y del polifacético humanista Juan del Encina, músico, poeta y uno de los iniciadores del teatro castellano moderno, junto a Lucas Fernández.

Mención aparte habría que hacer de las llamadas “Coplas de Mingo Revulgo”, compuestas hacia 1464 (diez años antes del inicio del reinado de Isabel) y publicadas en 1485 con glosa de Hernando del Pulgar, cronista real que con este trabajo colabora a propagar la idea de la depravación del reinado de Enrique IV y, por ende, a justificar y ensalzar la política regia. En la misma línea, las satíricas: “Coplas del provincial” (escritas entre 1465 y 1473) sirven para atizar el antisemitismo y la burla hacia los acusados de perversión: homosexuales, cornudos, prostitutas, alcahuetas...

Entre la tropa de propagandistas del régimen, hacedores de la historia (y de historias) y sobre todo, devotos de la Reina, destacan cronistas, historiadores y tratadistas políticos como: fray Martín de Córdoba: Jardín de nobles doncellas, Gómez Manrique: Regimiento de príncipes, Diego Rodríguez de Almela: Batallas campales, Compendio historial, Alonso de Palencia: Décadas, Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, Los claros varones de Castilla, Relación de los reyes moros de Granada, Andrés Bernáldez (más conocido por El Cura de Los Palacios) Crónica de los Reyes Católicos, Mosén Diego de Varela: Crónica abreviada, Doctrinal de príncipes, Íñigo de Mendoza: Modelo de regimiento de príncipes, Diego Hurtado de Mendoza: Guerra de Granada, Lucio Marineo Sículo: Vida y hechos de los Reyes católicos.

Y no podemos terminar este breve esbozo sin recordar el éxito que alcanzan libros piadosos: vidas de santos, confesionales, tratados, así como géneros de entretenimiento de damas y caballeros como las novelas sentimentales, entre las que destacan Cárcel de amor, Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, ambas de Diego san Pedro, Historia de Grisel y Miravella y Breve tratado de Grimalte y Gradisa de Juan de Flores, amén de los libros de caballerías, que, nacidos en castellano en el siglo XIV con el anónimo Caballero Cifar, reciben el impulso definitivo a finales del XV con la redacción que conservamos del Amadís de Gaula y el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell, publicado en 1490.

Que en 1492 Elio Antonio de Nebrija publique la primera Gramática castellana, que en 1499 aparezca la primera edición de La Celestina, revelación de un antropocentrismo tan rebelde como salvaje, y que a partir de 1502 empiecen los trabajos de la que será la Biblia Políglota Complutense son otros tantos hitos del reinado de Isabel I, que nos confirman que la inscripción griega de la portada de la fachada de la Universidad de Salamanca: “Los reyes para la Universidad, la Universidad para los reyes” fue algo más que un adorno. Culturalmente el reinado dio frutos maduros y preparó y desbrozó el camino para los siglos de oro que vendrían después. Quizá no le vendría mal que la recordáramos como la Reina Humanista.
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