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Roger de Flor y la leyenda de los almogávares Óscar Perea Rodríguez, profesor de la Universidad de California, Berkeley |
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Roger de Flor fue el más legendario de los caudillos almogávares, aquellos aguerridos soldados que alcanzaron gran fama durante toda la Edad Media en el levante español. Su leyenda ha llegado hasta nuestros días. |
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Cuando uno pronuncia la palabra “almogávares”, hay cierta sensación de eufonía en la dicción. Utilizando la expresión más frecuente, es “almogávar” una palabra que suena bien, que tiene cierto encanto, y que, sin duda alguna, se asocia ya desde el inicio a algún tipo de asunto interesante. Contrariamente a lo que pudiera pensarse en un principio, no se trata del apellido de ningún director de cine español, pero sí es cierto que, como aquéllos, es uno más de los muchísimos vocablos que las lenguas románicas de la península ibérica deben al árabe. Los musulmanes llamaban al-mugawir a aquellas tropas de valientes soldados que, en tiempos de constantes escaramuzas, se aventuraban en las tierras enemigas con el objeto de hacer rápidas expediciones de saqueo y pillaje, lo que en la época se llamaba hacer “algaras”, otra palabra de reminiscencias árabes. No hay que olvidar que, durante la Edad Media, las tropas musulmanas habían conquistado todo el Mediterráneo sur y amenazaban a Europa por el este y por el oeste precisamente por su superioridad militar. En esencia, estas algaras de los al-mugawir pusieron en práctica lo que muchos siglos más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, el general alemán Heinz Guderian bautizaría como blitzkrieg, o "guerra relámpago", sólo que todavía los éxitos eran mayores entonces merced a la rapidez y destreza de los soldados musulmanes.
A pesar de haber desempeñado un papel fundamental en la expansión del Islam por Europa, no se tratan aquéllos de los más famosos al-mugawir. Y es que el término, castellanizado en almogávares y catalanizado en almogàvers, dio nombre a un curioso cuerpo militar, a mitad de camino entre los mercenarios profesionales y los aventureros impenitentes, que combatió bajo la bandera de la Corona de Aragón en diferentes lugares de la Europa mediterránea y que constituyó un excelente apoyo a la talasocracia aragonesa, la hegemonía de aquel antiguo Mare Nostrum romano tiempo atrás pero que, en la Edad Media, fue netamente aragonés, valenciano, catalán y balear, pues fueron sus reyes y sus navegantes, sus hombres y sus mujeres, quienes se hicieron con su dominio.
La primera intervención notoria de los almogávares tuvo lugar a mediados del siglo XIII, entre 1238 y 1245, cuando Jaime I el Conquistador inició las campañas que, finalmente, acabarían con la incorporación del Reino de Valencia a la Corona de Aragón. En ellas, los almogávares fueron dispuestos como grupo de choque, cumpliendo con creces las expectativas militares depositadas en ellos. La mayoría de soldados almogávares había salido de los campos aragoneses y catalanes (incluso de los valles pirenaicos navarros), buscando mejor fortuna, un salario y grandes aventuras. La forma en que combatían era a pie, apenas vestidos con unas calzas, un cinturón y una camisa de lino, con lanzas ligeras y protegidos con escudos redondos, aunque su arma más famosa era el coltell, un cuchillo largo en la línea de las tradicionales falcatas que supieron esgrimir con idéntica habilidad a la de los proverbiales guerreros iberos de Hispania. De hecho, cuenta la leyenda que, en sus gruesos cinturones de piel, los almogávares llevaban siempre consigo varias piedras de pedernal con las que afilaban sus coltellets momentos antes de entrar en batalla. Esta podría ser una explicación del famoso grito de guerra de los almogávares que tanto atemorizaba a sus contendientes: desde luego, debía de ser para morirse de miedo comenzar el combate contra unos miles de soldados que, curtidos en mil batallas, gritaban a pleno pulmón “¡Desperta, ferro!”, al tiempo que se veía en el horizonte una nube de chispas eléctricas y se escuchaba un violento ruido metálico procedente de su particular modo de afilar las garras.
Esta tropa mercenaria constituyó un espejo en el que se mirarían otros grupos militares de la Edad Media, como por ejemplo las Compañías Blancas de Bertrand DuGuesclin, que tanta importancia habrían de tener en el futuro durante la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y, sobre todo, durante la Guerra Civil Castellana (1361-1365) entre Pedro I el Cruel y Enrique II de Trastámara. Más aun: los almogávares fueron lo más parecido a un ejército profesional en la Edad Media. Pero por ese mismo motivo, en la paz de Valencia se sentían incómodos e inquietos: nada es peor para un guerrero que estar ocioso. Aunque los monarcas aragoneses intentaron contentarles como pudieron, la mejor oportunidad surgió cuando Pedro III el Grande decidió enviarles a Sicilia para, aprovechando las tensiones entre güelfos y gibelinos, hacerse con el control de este reino. Fue así cómo los almogávares, a quienes se habían unido ya muchos valencianos, alicantinos e incluso castellanos, llevaron a cabo un golpe perfecto y se aprovecharon del odio a los franceses mostrado por los nativos en las Vísperas Sicilianas (1282), cuando controlaron en pocos meses toda la isla poniéndola a disposición del rey a quien servían. Desde entonces, y gracias a la acción de los soldados almogávares, la Corona de Aragón fijaría uno de sus puntos principales de acción en este crucial enclave mediterráneo.
| Roger de Flor y los turcos |
De nuevo la paz fue un estorbo para aquel cuerpo (ahora, también enriquecido con la presencia de muchos italianos) que sólo se sentía cómodo en el fragor de la lucha bélica, quedándose definitivamente fuera de lugar después de la firma de la Paz de Caltabellotta (1302) entre Carlos II de Anjou y Federico II de Sicilia. La oportunidad para los almogávares vino cuando el emperador de Bizancio, Andrónico II, envió una llamada de socorro a todos aquellos que quisieran venir a servirle para pelear contra los turcos, que tenían gran parte del imperio cercado. En este contexto, los almogávares decidieron organizarse y pelear de forma independiente, buscando ya sin más tapujos dinero y gloria a partes iguales. También fue aquí cuando surgió el más legendario de los caudillos almogávares: Roger de Flor, excelente marinero, militar de postín y aventurero de vocación. Este antiguo miembro de la Orden del Temple, de orígenes no demasiado claros y de oscurísimos antecedentes, tomó las riendas de la Societate Catallanorum, o Gran Compañía Catalana de los Almogávares, como fue conocida desde entonces. A su lado, otros dos expertos militares, Berenguer de Entenza y Bernat de Rocafort, conformaron junto a Flor lo que podríamos llamar un curioso mando tripartito de enorme trascendencia.
Más de cinco mil personas llegaron a Constantinopla a finales de 1303, tras lo cual iniciaron las campañas en Cilicia y en el Tauro con gran éxito, pues lograron domeñar las intenciones turcas merced al liderazgo de Roger de Flor, a la veteranía de Entenza y Rocafort, y a la valía de todos los soldados. Sin embargo, el ascendente de Roger de Flor cada vez era mayor: el emperador le nombró Megadux y le prometió en matrimonio con una dama de alta alcurnia, lo que comenzó a despertar las iras y envidias de los cortesanos. Como consecuencia, el gran dirigente almogávar fue asesinado en Adrianópolis el 4 de abril de 1305, al parecer por mercenarios centroeuropeos reclutados para la ocasión. Tras ello, los almogávares iniciaron la que ha pasado a la historia como Venganza catalana, saqueando a sangre y a cuchillo todos los pueblos que se les resistían y derrotando al ejército conjunto de bizantinos y centroeuropeos. Sin embargo, en 1306 Entenza sería ejecutado por los genoveses en Gallípoli y Rocafort fallecería en 1308 durante una escaramuza contra los napolitanos. La compañía quedaba descabezada justo en el momento en que había comenzado su decadencia, pues en Bizancio toparon con un enemigo al que no supieron enfrentarse: el llamado fuego griego, es decir, flechas impregnadas en petróleo, que eran incapaces de ser apagadas con agua y que marcaron su punto de inflexión como fuerza militar.
Todavía durante los primeros años del siglo XIV los almogávares alcanzarían algunas victorias de resonancia en el corazón de la Grecia continental, en Atenas y Neopatria, pero finalmente se dispersarían y se mezclarían con la población local dando fin a sus andanzas militares. Como curiosidad heráldica, y aunque en 1391 estos dos territorios quedarían sin gobierno efectivo por parte de la Corona de Aragón, ambas ciudades han quedado ligadas a la titulación efectiva de la monarquía hispánica: todavía hoy, gracias a los almogávares, el Rey de España es también Duque de Atenas y de Neopatria.
La leyenda de los almogávares ha sido siempre objeto de atención e interés no sólo por la comunidad de historiadores, sino también por la literatura, el teatro e incluso el cine. Sin embargo, acometer una valoración es ciertamente muy complejo. De un lado, tenemos a quienes los consideran como unos violentos asesinos, unos sangrientos mercenarios que se vendían al mejor postor. Por otro lado, tenemos a quienes los consideran la quintaesencia expansionista de no se sabe muy bien qué ideales que en la época medieval no existían. Como tantos otros fenómenos, los almogávares son hijos de su tiempo, y su cometido no fue otro sino asegurar por el único medio entonces disponible, la fuerza, una influencia en el Mare Nostrum que más tarde abriría el camino para otros contactos entre la Corona de Aragón y los países de la órbita mediterránea, principalmente económicos y culturales, tradición que perdura incluso en la actualidad. Además de muchas y muy diversas obras de análisis histórico sobre los almogávares, son ciertamente recomendables dos libros para disfrutar más del sabor de su leyenda. El primero, Bizancio (1958), de Ramón J. Sender, una novela histórica ambientada en las corredurías de Roger de Flor y sus muchachos por tierras constantinopolitanas. El segundo, la Crónica (ca. 1330) de Ramón Muntaner, una de las joyas de la prosa medieval hispana, en la que el propio autor, enrolado a la sazón como almogáver en las campañas bizantinas, nos muestra un testimonio de incalculable valor sobre las famosas andanzas de uno de los cuerpos militares más famosos y aclamados de la Historia de Europa. Al lector de cualquiera de estas obras se le abre el apasionante mundo de los viajes, guerras y vivencias cotidianas de los mercenarios medievales. |
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